lunes, 20 de noviembre de 2017

Machu Pichu 1994: la ciudad perdida de los Incas

Vista reciente de Machu Picchu


¡Quién no ha oído hablar de Machu Pichu, la ciudad perdida de los Incas!. Aparece en todas las listas de esos lugares que uno debe ver una vez en la vida. Sin ninguna duda es uno de los sitios más hermosos que uno pueda ver. Es como una caligrafía oriental en la cumbre de una montaña inaccesible. Sus terrazas y edificios imposibles parecen sostenerse sobre el vacío como si hubieran sido construidos por un mago con poderes sobrenaturales y no por seres de carne y hueso. Aparece y desaparece entre la niebla casi como por ensalmo, como si no fuera un lugar real sino más bien un decorado de ciencia ficción, algo que vaya a esfumarse en un instante, como un sueño.

Las últimas investigaciones consideran a Machu Picchu como una especie de ciudad privada o finca personal del Inca Pachacutec quien debió iniciar su construcción hacia 1440 como ciudad residencial de descanso y para uso personal de sus numerosas concubinas y progenie, además de sus dioses y sacerdotes. Era común entre los Incas tener un lugar así, donde su familia podía residir tras su muerte y honrar a su momia durante siglos. Lo cierto es que la ciudad no estuvo habitado mucho tiempo y para cuando llegaron los españoles, poco más de cien años después (1534) la ciudad ya había caído en el olvido y así permaneció durante siglos. La ciudad fue “redescubierta” en 1911 por el explorador y aventurero americano Hiran Bingham, quién fue llevado allí por unos agricultores que utilizaban alguna de las terrazas como tierras de cultivo. Binghan creyó haber descubierto Vilcabamba, la capital perdida y última ciudad del imperio Inca destruido por los españoles, pero no era así. A pesar de su error Machu Picchu pronto se convirtió en uno de los mayores descubrimientos arqueológicos del siglo,  por su emplazamiento espectacular, por la belleza de sus construcciones y templos y por la red de caminos y sendas que la comunicaban con todo el imperio andino.

En 1983 Machu Picchu es declarada Patrimonio de la humanidad pero justo por esa época aparece Sendero Luminoso, un grupo guerrillero y terrorista de tendencia maoísta que durante los próximos diez años causará incontable sufrimiento y  terror en amplias partes del país, especialmente en las zonas montañosas de la cordillera, incluida Machu Picchu. Se calcula que unas 70.000 personas murieron, de uno y otro lado, durante las reyertas de esos años. En 1992 detienen al cabecilla del grupo, Abimail Guzman, a quien Fujimori hace llevar a Lima en una jaula de hierro. La foto sale en los periódicos de todo el mundo. En 1994, cuando yo la visité, el turismo empezaba a regresar con cuentagotas. Apenas un puñado de personas deambulábamos por Cuzco y viajábamos en un destartalado tren hasta la base de Machu Picchu. Las ruinas estaban vacías y algunas terrazas yacían aún cubiertas de maleza, pero era un placer caminar entre los edificios, subir y bajar escaleras como si fueras tú el que acabara de descubrirla.

Hoy Machu Picchu es uno de los lugares más visitados del mundo con más más de un millón de personas al año. Tal cantidad de visitas está causando un deterioro inevitable a la ciudad y lugares de tránsito, hasta el punto de que el gobierno ha puesto un límite de 5.000 personas al día. La ciudad, tal como se ve en las fotos recientes, está mucho más reconstruida que cuando yo la visité entonces, pero aún conserva ese deje de misterio y belleza que solo poseen unos pocos lugares en el mundo.

La somnolienta Cuzco en 1994, capital del imperio Inca es una típica ciudad colonial con multitud de iglesias, monasterios y plazas. La base de muchos edificios aún conservan los muros de época incaica.

Plaza mayor de Cuzco.

Una calle de la ciudad.

Pared de la fortaleza de Sacsayhuaman, cerca de Cuzco. Aquí se ve la enorme destreza de los constructores Incas. En las juntas de las piedras apenas cabe un alfiler. Difícil imaginar como movieron una piedra de este tamaño.
El tren hacia la base de  Machu Picchu. Hoy existe una versión mucho más lujosa para turistas.
Diminuta carretera hacia las ruinas.
Como se ve en la foto aún están limpiando algunas de las terrazas abandonadas.
Yo en el dintel de una puerta cubierta de maleza.
Descubrí por casualidad estas ruinas bajo una gran roca.

Mirando el paisaje.



El pico que aparece detrás es el Huayna Picchu donde  también hay terrazas y ruinas.


Los edificios de la ciudad recuerdan cabañas irlandesas con tejados de madera y paja.


 
Restos de un templo y altar de ofrendas.




 Un imponente edificio en forma de castillo.

 
Yo subido a una loma. Abajo se ve la extensión de la ciudad y las terrazas de cultivo.


Subidos al Huayna Picchu.


Vista desde el Huayna Picchu.


Caminando por los al rededores.

 
Uno de esos senderos incas que dan auténtico vértigo. Lo he visto reconstruido en fotos recientes.
 

Dos fotos recientes de Machu Picchu tomadas de Internet.

 



 
 

martes, 14 de noviembre de 2017

Otoño en la braña del Gumial

El riachuelo que atraviesa la braña del Gumial.
 
Llega el otoño y la braña del Gumial se queda vacía. Vacía del tintineo de las esquilas de las vacas, del humo de las chimeneas, de los ladridos de los perros y de las voces de los pastores. Ya solo queda el murmullo del agua y el leve roce en el suelo de las hojas caídas. Quizás sea entonces el mejor momento para caminar por los senderos y contemplar el dorado de los abedules y las rojas bayas de los serbales y sentir el calor del sol antes de que el invierno cubra el paisaje de escarcha !Que tendrá el otoño que nos hace a todos sentirnos poetas!.  Ya escribí una entrada sobre este lugar la primavera pasada: Elegía pastoral en el siglo XXI. Lo visité entonces el mismo día en que los pastores suben el ganado a la braña por primera vez, después del invierno. Ahora me impresionó aún más el silencio y la belleza del lugar.
 
Aquí os dejo un poema de otoño de un poeta de verdad, para celebrarlo y unas fotos de esta semana de uno de los lugares más hermosos de estas montañas de Aller: la braña del Gumial.
 
OTOÑO 
Aprovechemos el otoño
antes de que el invierno nos escombre.
 Entremos a codazos en la franja del sol
y admiremos a los pájaros que emigran,
ahora que calienta el corazón
aunque sea de a ratos y de a poco.
 Pensemos y sintamos todavía
con el viejo cariño que nos queda.
Aprovechemos el otoño
antes de que el futuro se congele
y no haya sitio para la belleza,
porque el futuro se nos vuelve escarcha
.
 
Mario Benedetti: "Insomnio y duermevelas”
 
Valle del puerto San Isidro, con la carretera al fondo. La braña del Gumial solo es accesible a pie. La ruta está marcada y se hace en 2/3 horas de camino comenzando en el Fielato, al lado de la carretera.

Precioso serbal con bayas. Servirán de alimento a los pájaros durante el invierno.

Abedules y hayas en el camino.

Los caballos suelen permanecer en las brañas hasta las primeras nieves.



Serbales y abedules.
Las hojas de los abedules tienen una coloración amarillo intenso en otoño. Las de las hayas también son amarillas pero, una vez secas,  toman una coloración marrón y permanecen en el árbol durante gran parte del invierno.

Abedules, hayas y serbales son los protagonistas del otoño a partir de unos mil metros de altura.


 
Las cabañas del Gumial y la braña ya vacía. La braña está unos 1.300 metros de altura.

Arroyo del Alba que cruza la braña del Gumial.


Tras pasar la braña se puede continuar camino cruzando un espeso bosque de hayas, hasta llegar al caserío de Cuevas, al lado de la carretera a San Isidro. Una hora más de camino.

A partir de aquí el pequeño río Alba se despeña en múltiples cascadas.



Bosque de hayas (fagus silvatica) en plena coloración otoñal.

El sotobosque donde crecen las hayas está cubierto de musgos y helechos. El mantillo de hojas caídas es extremadamente ácido y fértil.


Una última imagen del bosque de hayas antes de llegar a la carretera de nuevo.
 


jueves, 9 de noviembre de 2017

Cuando el otoño ya nisiquiera es otoño.

Hace un par de días que han llegado las lluvias, cuando ya dudábamos de que alguna vez llegarían. Bastan unas pocas gotas de agua para que el paisaje de Asturias regrese, casi de inmediato, a ese verde esmeralda de la hierba recién nacida, y las hojas de los arboles resecas recuperen un amago de color: el dorado y carmín que les corresponde de un otoño que casi no es otoño.

Es curioso que en este país de la "pertinaz sequía" que comentaban los noticiarios  de hace 40 años, excepto los hombres del tiempo, nadie parecía advertir la sequía que desde casi el inicio del año ha ido extendiéndose por todas partes, como una mancha de aceite, resecando árboles y cultivos, desecando ríos y pantanos. Nadie, hasta que llegaron los incendios en Galicia y Asturias, y en los telediarios empezaron a poner imágenes de montes en llamas y pueblos emergiendo del cieno de los pantanos vacíos de agua . Eso nos da una idea de hasta que punto nos hemos urbanizado en estos últimos años y de lo poco que cuenta ya la vida rural: la ganadería, la agricultura, el paisaje, la vida de los pueblos. En realidad la España rural es ya poco más que un escenario de cartón piedra para turistas "rurales" de fin de semana.
 
Lo cierto es que hace unos meses que vengo notando cierto nerviosismo en los "hombres y mujeres del tiempo", supongo que meteorólogos, cuando, un día tras otro, anuncian que el mencionado anticiclón no parece querer moverse de la península. ¿Y si el próximo año fuera igual? ¿Y si este invierno lloviera tan poco como el anterior? ¿Qué pasará con esos pantanos que están ahora al 30% de su capacidad o incluso menos en algunas zonas? ¿De dónde saldrá el agua para dar de beber a nuestras grandes conglomerados urbanos y a los millones de turistas que nos visitan, y que son como el maná para nuestra economía? .
 
Yo creo que nuestros meteorólogos están nerviosos y con razón, porque si eso sucede, al final, alguien les echará la culpa de la falta de lluvias. Tal vez entonces los políticos, esos que elegimos para que administren nuestros países y casi nuestras vidas, se den cuenta de la importancia del campo, de los bosques y de los ríos para nuestra propia supervivencia, y se centren en lo que realmente importa. Estamos tan hartos de los problemas de convivencia en este país y de las rencillas entre regiones por cosas de tan poca relevancia para nuestras vidas, que a veces solo queda el consuelo de contemplar la lluvia mojar las hojas de los árboles y mirar el paisaje como si lo viéramos por primera vez. Espero que os relajen estas fotos de otoño en la Barrosa.
 
 
Acer palmatum "Sango-kaku"

Flores de otoño: delfinium, canna. crisantemos, etc.

 

El dorado del gingko y de los arces es más pobre este año, ya que muchas hojas se han desecado.



Las hojas de este  Acer palmatum Osakazuki están resecas y mustias a pesar del color.







Lagestroemia indica.


 
 

Luz de otoño en los prados y bosques frente a la Barrosa.








Otras pocas flores de otoño: salvias, gauras, crisantemos, etc.

Dos arces en pleno cambio de coloración de las hojas que ya se hace tiempo que se han resquebrajado.