domingo, 9 de diciembre de 2018

Otoño en los Lagos de Covadonga. Parque Nacional de los Picos de Europa. Asturias.


Lago Ercina. Picos de Europa.
Hacía ya tanto tiempo que no visitaba los lagos de Covadonga que hasta me sorprendió comprobar que no habían cambiado demasiado desde cuando era un  muchacho y solíamos acampar en las orillas del Lago Enol, bañarnos  en sus frías aguas y cazar cangrejos de patas blancas.
Entonces solo los pastores con sus rebaños de vacas y ovejas, y algunos excursionistas los visitábamos. Era un lugar como otro cualquiera de las decenas de majadas de los puertos asturianos  que durante el verano se llenaban de voces y silbidos, mugidos y tintineos de esquilas. Al atardecer el olor  a leña quemada de las cabañas de los pastores flotaba en el aire y viajaba a través de la niebla para indicar la presencia humana en un paisaje de otra manera desolado y, para nosotros, lleno animales salvajes y monstruos imaginarios.
 
Majada y cabañas en los alrededores de los Lagos de Covadonga.
Hoy casi un millón de personas visitan los lagos de Covadonga cada año, y se han convertido, junto con el Santuario de Covadonga, en uno de los reclamos turísticos más visitados y conocidos de Asturias. Es uno de esos lugares “patológicamente bellos” que los visitantes graban con fruición en sus teléfonos móviles, pero que a menudo no van mucho más allá del aparcamiento para vehículos o del restaurante de turno. Todo lo más caminan por una escalera de madera que comunica los dos lagos sin salirse del camino, ni imaginar siquiera la vida o vivencias de un entorno natural que ha sido utilizado por los habitantes de esta zona durante milenios. Pocos se imaginan que en las cabañas hay personas que ordeñan el ganado al amanecer y luego se van a segar y recoger la hierba de los prados y caseríos que jalonan la empinada carretera o los caminos circundantes y que, a menudo, regresan al anochecer a sus cabañas para controlar el ganado y amamantar a las crías. Hoy más que vivir en las majadas se transita por ellas, esa es la realidad, pero siguen estando habitadas y conviven con un turismo de masas, cada uno ajeno al otro y sin mezclarse. Eso es lo que ocurre en los Lagos de Covadonga o en casi todos los Picos de Europa. Basta alejarse unos pocos cientos de metros del aparcamiento para quedarse solo en medio de las majadas y pastizales, solo tú y el ganado en medio de la belleza desolada que el sol del otoño cubre de tonos dorados y cobrizos. Contemplar la mansedad rumiante de las vacas mientras las grandes cumbres surgen de improviso detrás de la niebla es algo digno de ver y experimentar, si algún día os acercáis por estos parajes. Basta tan solo alejarse unos cientos de metros de la carretera y huir de la masa de turistas que permanecen juntos, como un sumiso rebaño, temerosos de lo desconocido.
 
El santuario de Covadonga con su basílica del .XIX.

Espino albar y paisaje de montaña en la subida a los lagos.

 
 
Los dos lagos son de origen glaciar. El lago Enol está a unos 1000 metros de altura.
 
En torno al lago Enol hay praderas y majadas donde pasta el ganado durante el verano, hasta la llegada de la nieve.
 
Al otro lado de esa loma y cabaña está el lago Ercina, algo más pequeño, a unos 1.100 metros de altura. Solía haber cangrejos y peces pero hoy ya no se pueden pescar ni bañarse en los lagos debido a la fragilidad del sistema ecológico.



Caballos y vacas son los auténticos habitantes de este paisaje aunque también abundan los animales salvajes, especialmente corzos y jabalíes.
 
 
Pequeña ermita junto al lago Enol.

Las cabañas de piedra se confunden a menudo con el paisaje circundante de roca caliza.

La oveja Xalda, originaria de esta zona se ordeña para producir el queso de Gamonedo y Cabrales.



Cabañas apoyadas en las laderas de las montañas.

Lago Ercina

Detrás de las colinas asoman sus cabezas algunos de los picos del macizo Picos de Europa.

Majada y cabañas.

Entre las rocas suelen crecer árboles de tejo extremadamente viejos (Taxus baccata)

 

Rumiando el atardecer mientras el sol se esconde.
 

lunes, 3 de diciembre de 2018

Angkor Wat, Camboya 2001, “La morada de los dioses”


 
Un gigantesco Ficus engullendo las paredes de un monasterio en Angkor.
 




Niños recogiendo flores de loto comestibles.

Así titulaba la revista “National Geographic” hace ya mucho tiempo, un artículo sobre lo que parecía ser el mayor complejo arqueológico del planeta cubierto por la selva, antes de que el terrible régimen de los Jemeres Rojos cerrara de nuevo esa zona al mundo en 1975, interrumpiendo las excavaciones y el estudio y mantenimiento del enorme yacimiento. Tras veinte años de abandono y saqueo, en 1991 se firman los Acuerdos de París que permiten que llegue la paz a un país atormentado y aterrorizado, que ha perdido un tercio de su población durante las guerras e invasiones de esos veinte años y en los que ha soportado uno de los peores genocidios del siglo XX.



Si hay un país donde lo mejor y lo peor del hombre puede verse a lo largo de la historia ese es Camboya, sin duda. Cuesta trabajo creer que no muy lejos de este paisaje idílico de campos de arroz y templos de una belleza y perfección sin igual, se encuentren “Los campos de la muerte” y la terrible prisión de Tuol Sleng hoy convertida en “Museo de la Infamia” donde se cometieron las mayores atrocidades que pueda contar la historia del mundo contra familias enteras, incluidos niños.

El muchacho que me lleva en una motocicleta de un lugar a otro y que me hace de guía me cuenta que sus padres no le dejan estudiar porque aún tienen miedo de los Jemeres rojos que asesinaron a todas las personas que habían estudiado el bachillerato o una carrera universitaria. Apenas sonríe alguna vez.
La enigmática sonrisa de las estatuas de Angkor son como un paradigma de la historia humana. (Foto del N. G.)

El Gran templo de Angkor Wat está construido a imagen y semejanza del lugar donde viven los dioses: el monte Meru representado por la torre central de 65 m y sus cuatro torres laterales. En su entorno se extienden los diferentes patios y estancias, (el rey solía vivir dentro del mismo templo ya que era considerado un dios) y más allá´, el lago perimetral que evoca los océanos cósmicos. Nada se deja al azar en esta civilización obsesionada con el agua y la perfección geométrica del cosmos.
 
 
El imperio Jemer de Angkor Wat rigió los destinos del sur de Asia desde el siglo IX hasta finales del XIV. Hacia 1350  su poder comienza a extinguirse y poco después abandonan la planicie de Angkor donde habían construido su gigantesca ciudad con decenas de templos, monasterios y palacios rodeados de canales y depósitos de agua para el regadío de sus campos de arroz. Solo muy recientemente y gracias a la tecnología más puntera comienzan los arqueólogos a evaluar el verdadero tamaño y funcionamiento de una ciudad que pudo llegar a albergar un millón de personas. Una teoría reciente relaciona el colapso de esta civilización con el cambio climático producido por la llamada “pequeña edad del hielo” que se produjo a mediados del siglo XIV, y que pudo colapsar el complejo sistema hidráulico que la mantenía. Otros a las guerras con reinos vecinos que comienzan a despuntar como el de Ayutthaya en la cercana Tailandia.
Foto aérea del complejo de Angkor Wat con sus canales perimetrales.
Cuando yo visité  Angkor Wat en el 2001 no hacía mucho que el complejo arqueológico se había abierto al público y se había limpiado la selva colindante de las decenas de bombas lapa que habían dejado los Jemeres rojos en su último refugio. No era un lugar totalmente seguro ya que varios turistas habían sido asesinados en 1999 así que el flujo de visitantes era aún muy escaso. El lugar es enorme y complejo, y lleva varios días visitar las ruinas que se extienden en una enorme planicie entre canales, estanques y campos de arroz. Para cualquier aficionado a la arqueología o a la historia es sin lugar a dudas el complejo arqueológico más impresionante que uno pueda visitar. Es difícil describir la emoción de ver aquellos magníficos templos salir de entre la vegetación abrazados por las enormes raíces de las higueras tropicales. Ver surgir de entre la niebla las gigantescas cabezas de Angkor Thom con la sonrisa helada de sus labios es algo tan impresionante que te deja anonadado. Hay pocos lugares en el mundo donde la belleza de las construcciones humanas y el paisaje se complementen de una forma tan natural y al mismo tiempo tan trágica. Tal vez sea la imagen última de lo que quedará de este planeta cuando nos hayamos ido. Quizás por eso te deja tan impresionado y con un toque de nostalgia y temor al mismo tiempo. Después de visitar Camboya (Incluido Angkor Wat y los Campos de la Muerte) uno parece comprender un poco mejor lo terrible de “ser humano”: el potencial de muerte y belleza que arrastramos a nuestro paso, esa es la realidad.
Las fotos son escaneados de diapositivas y no son muy buenas, pero espero que os den una idea de ese momento congelado en el tiempo.

Imagen del templo de Angkor Wat al lado de un estanque.




Estatua dentro del templo de Angkor Wat.


Una de las entradas a Angkor Thom, otro de los enormes complejos de templos.



Uno de los pasillos de Angkor Wat. Las paredes de los relieves narran escenas de la historia de la ciudad o de la vida de Buda, Hay kilómetros de estas escenas grabadas en las paredes de los diferentes templos.


Avenida de las esfinges en Angkor Thom.


Torres del Bayon en Angkor Thom, coronadas por cuatro caras que representan a Brama o Visnú, dios del universo.


Hay doscientas caras en Angkor Thom.. Cada una parece tener una sonrisa ligeramente diferente y te miran impasibles desde cualquier parte del complejo


Otro de los templos con una enorme explanada rodeada de cientos de estatuas en relieve.






La gente sigue cultivando arroz en los campos de los alrededores como lo han hecho durante siglos.


En la sonrisa de esta niña que recoge flores de loto está el futuro del país.



Decenas de templos y monasterios se extienden sobre la planicie entre los canales. Las piedras para su construcción fueron traídas desde muy lejos en barcos. Cada nuevo rey construía su propio complejo palacio-templo y corte.





Bajorrelieves en la enorme plataforma ceremonial. Hay que tener en cuenta que muchos edificios, incluidas todas las casas de la gente normal y palacios de la nobleza, se construían de madera con lo cual no han sobrevivido. Solo vemos un pequeña porción de lo que debió de ser la ciudad en su apogeo.


Uno de los templos de Angkor Thom.





Plataforma para cremaciones reales frente al Gran Baray, uno de los mayores estanques.


Niño jugando en una pila de agua.

 
 La pobreza y el miedo es aún bastante real en las caras de estos niños.
 
 
 

La fuerza de las raíces de los Ficus es asombrosa.


Muchas de las imágenes talladas en las paredes de los templos representan Apsaras o bailarinas celestiales. Cada templo tenía cientos de ellas de forma real.





En algunos de estos templos siguió habiendo culto después de la caída del Imperio Jemer. Nunca estuvieron totalmente perdidos como pensaron los europeos que los redescubrieron.

 


 
Relieves en las paredes de los templos cubiertas de líquenes.



Fotografía reciente de National Geographic de uno de los templos. No parecen haber cambiado mucho desde que yo los visité. Hasta que punto se puede seguir dejando a la naturaleza "comiendo" los edificios, es difícil de predecir, ya que a la larga, la mayoría terminarán derrumbándose.