domingo, 10 de enero de 2021

El sueño de Robinson Crusoe: una historia de viajes.



La Isla de las Flores tal como yo la conocí en una foto tomada de Internet.

Si fuera un año normal, justo esta semana estaría preparando mi equipaje para viajar a alguno de esos países cálidos donde, los que tenemos la inmensa suerte de haber concluido nuestra vida laboral, podemos escapar por un tiempo del frío y la nieve que nos tiene encerrados dentro de casa, pero este no es una año normal y no hay viaje en el horizonte, así que uno tiene que conformarse con despertar recuerdos para sobrevivir a esta grisura del invierno que, aquí en  el norte se hace interminable.

 


El mirador donde solíamos ver el atardecer tomando una cerveza.

Debió de ser a principios del nuevo siglo. Google comenzaba su existencia y los teléfonos móviles eran casi inútiles fuera del mundo occidental. Los que viajábamos por países lejanos llegábamos a los sitios gracias a  guías de viaje como “lonely Planet” o simplemente hablando con los demás viajeros que encontrábamos por el camino. Yo viajaba ese verano por Filipinas, un país aún muy poco turístico en esas fechas y, donde aún podías entrever, de vez en cuando, un rastro de español en el lenguaje tagalo o en las costumbres. Filipinas es un país formado por miles de islas (alrededor de 7.600), muchas de ellas de pequeño tamaño, así que cuando la propietaria de un hotel en la población de Tay Tay (Palawan) me comentó que su marido francés tenía varias islas pequeñas a la venta y estaba preparando una de ellas para ponerla en el mercado me picó la curiosidad y decidí visitarlo. A la mañana siguiente contraté una lancha fuera borda que en media hora me acercó a “Flower island” (la Isla de las Flores), la pequeña isla en la que Thierry construía su resort con bungalós de hoja de palma y con  un gusto exquisito. El lugar superaba con creces todos mis sueños de Robinson, el libro que había leído con pasión decenas de veces en mi infancia.

 


Puesta de sol en la playa.

No sé si estas fotografías son realmente capaces de transmitir la prístina belleza de aquella pequeña isla de apenas 800 metros con una montaña de palmeras en el centro, una preciosa playa en uno de los lados, agua transparente y los bosques de coral más hermosos que haya visto nunca. Los días que pasé en ese lugar fueron sin duda algunos de los más felices de mi vida. Thierry era todo un personaje por su conocimiento del mundo, sus viajes y su forma de disfrutar de todo lo que le rodeaba. Ya había vendido un par de islas con anterioridad. En esta, había construido unos seis bungalós para los turistas, otros edificios anexos para cocina, comedor, lavandería, etc. Todo muy rústico y funcional, con materiales naturales, pero con un gran sentido estético. En una pequeña granja anexa criaba gallinas y algunos animales y una familia local se encargaba del mantenimiento de la isla y de la cocina. Un pozo suministraba agua y un generador de gasoil proporcionaba electricidad  durante unas horas. Además, una barca de pescadores locales, a los que permitía pescar en los alrededores de la isla, le suministraba diariamente todo el pescado fresco y marisco que necesitase. Era el paraíso al alcance de las manos. En aquél momento solo estábamos  una muchacha francesa y yo alojados, ya que su intención era ponerla a la venta al año siguiente. No dejaba nada al azar. En la venta incluía dos barcas de distinto tamaño e incluso el contrato de la familia que se ocupaba de todo. Me llevó a visitar otras islas, su granja en otra isla más grande. Era un hombre con un repertorio inagotable de recursos.

 

El comedor.

Me llevaba dos horas dar la vuelta a la isla buceando y extasiándome ante ese universo mágico de bosques de coral y peces de colores que se movía a un par de metros de la superficie del agua. Nunca había visto algo tan hermoso. Su cocinera era también excepcional y las comidas en nada envidiaban al mejor restaurante. El tiempo fluía interminable. Un día me dijo que estaba pensando en  venderla en unos 240 mil dólares, el precio de un buen piso en España. No era una cantidad excesiva. ¿Quién no ha soñado con poseer una isla?  Pasé meses, ya de vuelta a España, dándole vueltas a la cabeza. Hubiera podido pagarla con las propiedades que tenía entonces, olvidarme de mi trabajo y vivir como Robinson en aquel paraíso para siempre.

La racionalidad suele acabar con los sueños y el tiempo lo cura todo. No es fácil vivir en un país del cual desconoces todo. Tenía experiencia de viajar por países poco desarrollados y sabía de la infinita corrupción y de las artimañas que utilizaban las autoridades de esos países para cualquier extranjero que quisiera poner un negocio. Además estaban los tifones, tan frecuentes en esa zona. En mi viaje había visto islas como esa, totalmente destrozadas por las enormes tormentas que desencadenan los tifones. Al final todo quedó en un sueño. Y ¿Qué pasó con la Isla de las Flores? La podéis ver en Internet y en Booking.com. Alguien la compró, construyó bungalós más grandes, un gran embarcadero y puso sombrillas de hojas de palma en la playa y motos acuáticas de alquiler. Incluso construyó una torre de observación de cemento en medio de la montaña. La estancia ronda los 350 euros la noche con las comidas. Nada que ver con los 25 que yo pagué en aquél momento. Mi sueño de Robinson se esfumó. Historias de la vida.


Acercándose a la isla en barca.



La pequeña playa frontal y la transparencia del agua.



Interior de la isla con los edificios escondidos entre la vegetación



En la isla crecen hibiscus salvajes entre las palmeras. De ahí recibe el nombre.





Las cabañas están construidas con materiales naturales menos los suelos, que son de gres importado de Francia
.



Interior de las cabaña. Incluyen baño y una pequeña terraza. Son austeras pero muy frescas y cómodas.



Saliendo a la terraza.



Vista del mar desde la terraza.



Con marea alta, la roca con el mirador flota en el agua transparente.



Caminos escoltados de hibiscos y palmeras en el interior de la isla.









En el comedor, Thierry y la muchacha francesa.


Decoración de los años 80 en el comedor.


Yo con la barca de pescadores que nos suministra el pescado cada día.



Nuestra cocinera con el pescado del día.



Thierry acaba de capturar en pez para la cena.


Yo sujetando uno de esos peces aguja que abundan en la isla.







Marea baja al atardecer.


La espectacular puesta de sol de cada día.






Foto actual de la Isla de la Flores tomada de Internet. Playa con sombrillas y embarcadero.


En esta foto se observan dos largos embarcaderos que antes no había además de una torre de observación en la montaña. También han construido muchos más bungalós y mayores edificios en el interior.


9 comentarios:

  1. Una bella historia y maravillosa isla donde uno perderse y quedarse a vivir después de la jubilación.
    Como bien dices creo, que acertaste con tu reflexión, en un país como Filipinas en aquellos años e incluso ahora, puede ocurrir cualquier cosa, aunque hoy día, puestos a pensar ningún sitio es seguro. El mundo cambia con una rapidez increíble. Es un sitio maravilloso.
    Un abrazo Jose.

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    1. Me alegra que te guste la historia. Nunca se sabe si los caminos que uno deja de tomar en la vida habrían funcionado o no, pero aún me siguen fascinando las islas y siempre que puedo visito alguna en mis viajes.
      Un abrazo

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  2. Realmente un historia muy bonita. Como bien dices el precio de la isla una ganga pero ser emprendedor, solo y sin conocimientos de la cultura de esos países es realmente complicado. Por lo que dices una persona o empresa ya se está encargando de su explotación turística. Una gran historia.

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    1. Gracias por tus comentarios. La isla terminó vendiéndose y sigue ahí. Nunca sabe uno lo que le depara la vida.
      Saludos

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  3. Qué preciosidad de isla. Si me pillara joven no sé si no me la compraría :-)
    Un relato muy interesante, Jose Antonio.
    Un abrazo

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    1. Gracias Mónica. A veces es muy difícil tomar decisiones en tu vida. No lo se si realmente me hubiera gustado esa forma de vida, pero lo cierto es que la isla sigue ahí tan bonita como cuando yo la conocí.
      Un abrazo

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  4. que pena igual ahora estabas montado en el dolar y tenias propiedades hoteleras en diversos paises... ejejej, además así no nos puedes hacer descuento!!!! preciosa historia, mira que pense que ivas a soprendernos y en el final de lahistoria nos ivas a contar que eras socio del sitio o que la disfrutaste en soledad varios años .... un saludo!!!

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