viernes, 6 de noviembre de 2026

La coloración de los arces japoneses se adelanta en la Barrosa tras un verano y un otoño extremadamente secos.

 


Arce japonés y cerezo Koto no Ito junto a la casa.

              Nunca desde que tengo memoria he tenido que regar en la Barrosa a principios de noviembre, pero lo cierto es que hace meses que apenas caen unas gotas de agua y la tierra del jardín está totalmente reseca. Cambiar una planta de sitio o plantar unos simples bulbos implica tener que humedecer el terreno antes para poder hacer el agujero. La montaña asturiana está sufriendo una de las peores sequías en mucho tiempo y lo curiosos es que no ha salido ni una sola noticia en la prensa o en la TV. En parte se debe a que a simple vista todo parece igual de verde que siempre. Los bosques siguen ahí, aunque nadie se ha fijado en que las hojas de los robles y los fresnos se secaron ya en agosto y los cerezos salvajes y algunos otros árboles ya perdieron todas sus hojas hace meses, o que la hierba y arbustos de las cimas de las montañas aparecen totalmente quemados. Tan solo los ganaderos de esta zona son conscientes de que nunca habían vivido una situación tan mala desde hace decenios. Además, en las zonas de costa y medianías las lluvias han sido más o menos normales, con lo cual la preocupación es solo marginal y a nadie parece importarle demasiado. Si es el cambio climático o es solo una situación pasajera el tiempo lo dirá, porque los meteorólogos no han dado ninguna razón o explicación de porqué está ocurriendo esto en una zona donde las lluvias de otoño siempre fueron abundantes y generosas.



Algunos Cosmos y Dalias aún siguen dando flores a comienzos de noviembre.

              Mientras, no queda más remedio que seguir regando y pensar que algún día llegarán las lluvias y la situación se normalizará. Aun así, los arces japoneses lucen hermosos con sus coloridos otoñales gracias a un riego moderado y a que en el jardín cada vez hay más sombra para protegerlos de las temperaturas más altas durante el verano. También he llegado a la conclusión de que estos arbolitos son más resilientes de lo que pensaba, especialmente los más viejos. El de más edad suele dejar caer una parte de las hojas en agosto si el tiempo viene muy seco pero el resto permanecen, y lucen en todo su esplendor en el otoño. Esta vez la coloración se ha adelantado al menos dos semanas. Lo normal es que luzcan así a mediados de noviembre, pero el frío de esta semana lo ha adelantado.


Extraordinaria coloración dorada del Acer palmatum Sango-Kaku.

              Este mes he tenido que rehacer uno de los parterres del huerto por culpa de los Áster. Esa planta que florece a principios del otoño con profusión se ha convertido en un auténtico problema ya que es realmente invasiva y termina ocupando el lugar de todas las demás. Aquí sus raíces han invadido el resto de las otras plantas incluyendo mis preciosos Iris, Helenios, Dalias, Sisyrinchium, etc. Además, comencé con cuatro especies diferentes de Áster y al final una de ellas se ha superpuesto a todas las demás. He tenido que levantar todo el parterre, quitar todos los Áster y empezar de nuevo. Eso no te lo cuentan los libros de jardinería. La suerte es que sus raíces no son muy profundas y forman una especie de alfombrilla muy tupida y superficial relativamente fácil de arrancar. Tras quitar lao ásteres he puesto plantas nuevas, entre ellas bastantes Salvias Michrophylla, Helenium, y algunas otras que se mantiene en su sitio. Es la primera vez que tengo que rehacer un parterre en su totalidad dejando solo los arbustos, pero es lo mejor que se puede hacer cuando las cosas no funcionan.



Vista del jardín desde el mirador.


También ha sido un buen año para los Acebos que se han llenado de bayas.


Uno de mis bonsáis de acebo.


El primer arce de las foto es uno de los cultivados de semilla y su coloración es similar a la de los otros comprados en viveros.






Algunas Salvias siguen dando flores como esta Salvia farinácea en maceta.



Otro de los Acer Sango-Kaku y Salvia Michrophylla.


Aspecto general del jardín con arbustos de Hibiscus cambiando el color de sus hojas.






Acer palmatm Bloodgood y Osakazuki.



Algunos arces de pequeño tamaño plantados hace un par de años en la parte baja del jardín.





Acer Sango Kaku y Bloodgood.






Acebos y Cornus controversa.




 Vistas desde  la Barrosa.



Este es el parterre que tuve que rehacer en su totalidad por culpa de los Asteres.






Vista de una parte de jardín.



La coloración del Sango-Kaku comienza en amarillo dorado y termina en rosado e incluso escarlata.




lunes, 26 de octubre de 2026

El jardín y bosque acuático de Fairhaven, en Norfolk. Inglaterra.

 


Uno de los múltiples puentes en Fairhaven,

              Siempre me sorprende la capacidad, tenacidad y esfuerzo que tienen algunos ingleses para hacer un jardín en lugares casi imposibles y este de Fairhaven es un buen ejemplo de ello. También se necesita un montón de dinero, sin duda. Este jardín construido en una marisma, es obra del Major Henry Broughton, quien más tarde heredaría el título de segundo Lord de Fairhaven. El adquirió la casa, las tierras, lagunas y canales que formaban parte del South Walsham Estate, en 1946. En total 136 acres de bosques y marismas que durante la segunda Guerra Mundial habían sido lugar de entrenamiento del ejército y hospital de convalecientes.  El jardín en torno a la casa se había abandonado, la maleza había invadido toda la propiedad y en sus marismas había lanchas hundidas, tanques abandonados y montañas de alambre de espino.


Tronco del llamado "King´s Oak, un roble de más de 1000 años.

              Tras habilitar la casa, se propuso restaurar los bosques y marismas y construir un jardín acuático con las plantas más adecuadas para el lugar, pero respetando el hábitat natural y convirtiéndolo en un paraíso para la vida silvestre. Durante 15 años, y con un equipo de jardineros y peones, plantó miles de Prímulas candelabra, Rododendros, Camelias, Hidrangeas, Gunneras, Astilbes y decenas de plantas acuáticas mientras limpiaba los canales, construía puentes y convertía la marisma principal en un lago navegable y lleno de vida. En 1966, tras la muerte de su hermano sin descendencia, heredó el título de Lord Fairhaven. Henry Broughton murió en 1973, y siguiendo sus deseos, sus descendientes convirtieron la mayor parte de las tierras en una Fundación, que aún dirige una de sus nietas, y el jardín se abrió al público en 1975.


Plantas de ribera.

              La visita al jardín ofrece varios kilómetros de caminos y pistas forestales a través de zonas boscosas, lagunas y canales. A lo largo de los caminos se pueden ver zonas de Hortensias en flor, las gigantescas hojas de las Gunneras creciendo en los taludes de los canales y numerosas plantas acuáticas en flor, además de nenúfares y otras plantas flotantes. Hay grandes árboles creciendo en bosquetes o pegados al agua, entre ellos dos robles de casi mil años (King and Queen Oaks). Por todas partes se oyen los cantos de los pájaros (unas 50 especies) y por los canales nadan diferentes especies de patos, cisnes y escurridizas nutrias. Tras varios kilómetros de caminata uno llega a una amplia marisma rodeada de bosques, juncos y carrizos que forma parte del parque. Aquí la fundación tiene varias barcas que hacen recorridos ambientales por la laguna y alguno de los canales.



La marisma privada del jardín.

              El mejor momento para visitar este jardín dicen que es la primavera, justo cuando 50 mil Primulas, Hostas y Astilbes florecen al unísono en numerosas partes del sotobosque, pero aún en verano es una delicia caminar cerca del agua y ver los reflejos producidos por la espesa vegetación en los oscuros canales desde un puente de madera, escuchar el sonido de la naturaleza que respira o los miles de insectos que polinizan las flores de las plantas acuáticas. También en otoño debe ser un momento excepcional cuando los numerosos arces  y otros árboles y arbustos cambian el color de sus hojas. Sin duda un jardín sorprendente e inusual en todas las estaciones.


Entrando en el jardín.



Lenteja de agua y patos.



Gunneras de grandes hojas crecen en los bordes de los numerosos canales.



El paisaje, aunque modificado parece para darle más diversidad ornamental, tiene el aspecto de ser totalmente natural



En primavera todos estas cañas de Iris deben estar en flor.






Hay varios puentes de metal o madera para cruzar los canales.




En algunos canales crecen multitud de nenúfares y otras plantas flotantes. 






Un oscuro canal con una flor de hortensia.




Embarcadero.



Hortensias creciendo al borde de un canal.



Detalles ornamentales en madera.



En los bordes de los caminos crecen cientos de prímulas en primavera.

martes, 13 de octubre de 2026

Un viaje al pasado en los jardines de Helminghan Hall en Suffolk.

 


Helminghan Hall, la casa ancestral de la familia Tollemache desde 1487.


              Algunos jardines de Inglaterra te trasladan de inmediato al pasado y este de Helminghan es un gran ejemplo de ello. La gran casa cuadrada de aspecto renacentista rodeada de su gran foso de agua y plantas de ribera te lleva de inmediato a un lugar lejano en la historia, cuando sus habitantes viajaban en caballo o en carruajes a lo largo de imponentes avenidas de majestuosos robles y las damas paseaban por geométricos jardines deteniéndose de vez en cuando a oler el agradable aroma de una de las rosas que crecen en los parterres. Nada más parecida a esa realidad que este lugar.

              La familia Tollemache lleva habitando este territorio desde 1487 y la casa Tudor que vemos en la actualidad fue concluida sobre otra anterior de origen sajón en 1510, con muy pocas modificaciones en los siglos posteriores. Algunos de los grandes robles que escoltan la avenida de entrada desde el pueblo tienen más de 300 años. La reina Isabel I se alojó aquí en un par de ocasiones y, durante la Guerra Civil de 1646, la casa fue refugió de los nobles del “Sealed Knot” que tramaron colocar en el trono a Carlos II. Hoy la gran propiedad parece navegar en un tiempo indefinido y vacío. Tal vez sea la gran sequía de este año que ha resecado la hierba y llevado a la mínima expresión el agua del foso que la rodea, lo que acrecienta esta sensación de desamparo y de cierto abandono que uno siente al contemplar esta gigantesca propiedad bajo un sol de plomo muy poco en consonancia con el paisaje inglés.


Jardín geométrico frente a la casa.


              A uno de los lados de la casa se extiende el jardín renacentista con su geométrico jardín de nudos de boje, algo deteriorados por la falta de riego. En su interior crece lavanda y algunas plantas medicinales. En el jardín de rosas antiguas ya han pasado su mejor momento de floración y tan solo unas pocas "floribunda" conservan algunos brotes. Una preciosa estatua femenina de arenisca blanca centra la atención en medio de los parterres de rosas. También un magnífico reloj solar sobre una columna con los escudos de la familia. Las paredes del jardín son de tejos recortados en hermosas geometrías desde hace siglos. Los antiguos establos y otros edificios de piedra que bordean el jardín se han convertido en café y tienda de regalos.


Interior del jardín amurallado.

              Al otro lado de la casa se extiende el “Walled garden” o jardín cerrado, que antiguamente daba de comer a todos los habitantes de la casa. Sin duda es la obra maestra de Helminghan. Desde su majestuosa entrada escoltada por dos cabezas aladas de caballos de bronce, hasta sus cuidadas avenidas bordeadas de flores perennes, el jardín, de alrededor de una hectárea, es un ejemplo de la maestría que alcanzaron los ingleses ya desde hace siglos, en esta combinación de huerto-jardin como lugar de ocio y de producción de comida para el sustento de la casa. En su interior una intrincada distribución cruciforme alterna parterres de flores perennes y anuales con vegetales, pequeños árboles frutales, arbustos en topiaria y arcos de metal para soportar guisantes de flor, Clemátides, Rosales de enredadera, Cobaea scandens, etc.  Esculturas modernas compiten con grandes jarrones de piedra llenos de flores. Una pared está escoltada por tejos tallados con formas vegetales y humanas, intercaladas con Iris y Delfinium. Hay bancos colocados en lugares específicos para el descanso y la contemplación. Algunas plantas perennes están en su mejor momento de floración: Geranium Achilleas, Crocosmia, Helenium, Hemerocallis, etc. Es un jardín magnífico que rezuma maestría, romanticismo, dicen otros, y ese poso que deja el paso del tiempo.



Robles centenarios.

              El jardín tiene salidas centrales que cruzan puentes de madera sobre el foso y te llevan al exterior de la gran finca. En los bordes del foso crecen grades tejos recortados y en el fondo nenúfares y plantas de ribera. Dos esculturas de piedra sobre pedestales escoltan ambos lados del foso. Más allá se extiende la enorme finca con grupos de árboles en la lejanía, formando bosquetes de robles donde dicen que viven grandes manadas de ciervos que no hemos visto. Debido a la gran sequía de este año la hierba está quemada y agostada y parece un páramo extremeño. Hago fotos a la gran avenida de robles que escolta la entrada de la finca. Al fondo se ve la iglesia del pueblo. En otro de los lados un enorme obelisco se distingue sobre un pequeño montículo rodeado de un grupo de robles. Se construyó en el siglo XVIII como mirador. Hace demasiado calor para acercarse hasta él. El pequeño grupo de personas de Brightwater se ha dispersado y el lugar parece vacío. Por suerte en el café hacen unos “scones” excelentes con mermelada casera y nata. Sin duda la más refinada invención gastronómica de este país en toda su historia.

 


Jardín de nudos

 


Foso exterior.



El gran foso que rodea la casa con plantas acuáticas y nenúfares.






Entrada al jardín amurallado


Parterres en el interior del jardín.



Aquí combinan plantas de flor, frutales y verduras para el mantenimiento de la casa.







Figuras en topiaria y cebollas.




Puentes de madera cruzan el gran foso en torno a la casa y el jardín cercado.



Entrada posterior a la casa









Avenida de robles. Los más antiguos tienen casi 500 años.