domingo, 28 de julio de 2019

Parque nacional de Tortuguero. Costa Rica.


Entrada al Parque nacional de Tortuguero.
 
Ya he hablado en varias ocasiones de los parques nacionales de Costa Rica, probablemente uno de los mejores lugares del mundo para ver flora y fauna tropical. Costa Rica es un  país de una inagotable belleza y a pesar de que es relativamente pequeño, uno no se cansa nunca de visitarlo. Es tranquilo, cómodo, asequible, y siempre ofrece algo nuevo. Es imposible visitar sus numerosos parques nacionales en un solo viaje, ya que cuenta con al menos una docena de ellos entre los grandes y luego varias decenas más de reservas y parques de menor tamaño, eso sin contar las numerosas reservas y fincas privadas de gran extensión. Este de Tortuguero es sin duda uno de los grandes. Creado en 1970, alcanza una extensión de más de 70.000 hectáreas, la mitad de ellas fluviales o marinas.

Al parque se llega a través de canales fluviales en embarcaciones.
Es un lugar único al que solo se puede llegar en pequeñas embarcaciones a través de los numerosos canales que lo cruzan, o a través de mar. Dentro no hay carreteras y apenas caminos o sendas,  así que la única forma de ver los animales y la vegetación es navegando a través de sus canales bien en pequeñas canoas o barcazas de motor.

Es posible hacer fotografías como esta con un buen objetivo. Esa foto no es mía.
El parque nacional de Tortuguero se encuentra al noroeste del país, en la costa del Caribe, y se creó inicialmente para proteger el desove de las numerosas especies de tortugas, algunas en peligro de extinción, que se acercan a sus playas cada año para poner sus huevos de los que nacen sus numerosas crías, pocas de las cuales llegan a alcanzar la seguridad del mar en su frenético viaje a través de la arena. Pero en Tortuguero se pueden ver muchos otros animales además de tortugas. Son numerosos los caimanes que toman el sol en los bordes de los canales y entre los árboles se pueden ver iguanas, monos, perezosos y numerosas especies de aves. Coincidir justo con el momento del desove de las tortugas es difícil pero se puede ir en cualquier momento y siempre tiene interés. Hay un pequeño pueblo muy colorido con un par de hoteles mayores y numerosas cabinas y pensiones, muy asequibles, con lo cual no se necesita gastar mucho dinero para visitarlo. No esperes tiendas ni centros comerciales, ni ningún otro entretenimiento. Un puñado de restaurantes bastante básicos y unas pocas tiendas es todo lo que hay. Conviene quedarse al menos dos días para hacer varias excursiones a través de los canales o caminatas por la playa y los alrededores. La vegetación es exuberante y hay pequeños jardines tropicales delante delos  hoteles y cabinas. Caminar por la playa de arena negra al amanecer o al atardecer viendo aves es algo también muy recomendable.

 
La playa de Tortuguero al atardecer.

Llegar a Tortuguero desde la capital San José es muy fácil y hay numerosas compañías que hacen el trayecto. Tampoco hace falta llevar un paquete de estancia completo, ya que es más barato reservar el hotel o cabina por tu cuenta y una vez allí apuntarte a alguna de las numerosas excursiones que salen a todas horas desde el pueblo. Es recomendable continuar luego el viaje a lo largo de la costa del Caribe y salir del parque en barco rumbo a Limón o Cahuita ya que se ven numerosos animales durante el trayecto. Tortuguero es una visita casi obligada en un viaje a Costa Rica. Las fotos que van a continuación no son muy buenas ya que en ese viaje no llevé un objetivo de largo alcance, totalmente necesario para fotografiar animales, pero creo que en conjunto ofrecen una imagen más o menos tractiva de ese precisos parque nacional.

El pequeño pueblo a la entrada del parque es típicamente caribeño

En este tipo de barcas se visitan los canales.

Paisaje frente al pueblo.

Típica casa caribeña.

Pequeños jardines frente a las casas.

Heliconias y otras plantas frente a una casa.

Jardín tropical a la entrada de unas cabinas.

Cordyline y Pleomele entre palmeras.



Canoas a remo para visitar los canales.


Embarcadero al lado del canal.






Garza a la orilla.

Un caimán tomando del sol.

Se ven gran cantidad de tortugas en los canales y ríos.



Secando las plumas al sol.







Algún tipo de aguilucho.



Cruzando el cielo en formación.



Iguana.


Ranita tropical venenosa de un par de centímetros.

Una culebrilla asomando la cabeza.

Un gran guacamayo rojo a los que llaman "lapas".

Algún tipo de lagarto o camaleón.

Garza blanca y negra con reflejos.
En barco rumbo a Puerto Limón.

Numerosas aves a la orilla del río.



Otro caimán con cara de pocos amigos.

domingo, 21 de julio de 2019

¡A quién le importa la desaparición de los prados silvestres!


Una prado de montaña lleno de flores, a principios de Julio.

Hace un par de semanas uno de los programas estrella sobre jardinería de la BBC, el que dirige el conocido jardinero Monty Don, dedicaba un especial a los “Wild Meadows” (Prados silvestres) de Inglaterra. Comentaba que, desde la Segunda Guerra Mundial, el 97% de los prados silvestres de Inglaterra han desparecido bajo una agricultura intensiva que incluye la completa modificación de lo que conocemos como prados o praderas. Mediante herbicidas, replantaciones o abonos especializados, en la mayoría de los prados de ese país, la famosa campiña inglesa, tan solo crecen gramíneas para sustento del ganado. Obviamente las gramíneas no producen flores, con los cual se ha perdido las típicas praderas con flores que todos conocemos, incluso los habitantes de cualquier ciudad cuando salen un día al campo. Lo peor no es que se haya perdido un importante componente estético del paisaje, sino que con ello ha desparecido la alimentación de un enorme número de especies de insectos y otros animales, incluidas las abejas, tan importantes para la polinización de todo tipo de cosechas y para nuestra propia supervivencia.  El año pasado lo pude comprobar en junio, durante mi visita a diferentes jardines ingleses del centro del país. El paisaje sigue siendo uniformemente verde, pero apenas se ven flores silvestres y cuando se ven pertenecen a tan solo una única especie, principalmente a algún tipo de cultivo. Esta situación ha creado tanta alarma que hasta la familia real inglesa ha tomada cartas en el asunto y se ha promocionado la compra por parte del estado y de instituciones públicas y privadas, de decenas de hectáreas en todo el país con el fin de reconvertirlas en “prados naturales” o “wild meadows”. Algo similar está ocurriendo en Alemania y muchos otros países europeos, incluido nuestra vecina Francia. La desaparición de las abejas y de otros insectos polinizadores está causando verdadera alarma en gran parte de los países occidentales.
Iris latifolia creciendo en medio de un prado de montaña.

Mientras, aquí en España permanecemos al margen, y a nadie le importa un bledo la desaparición de las praderas silvestres y la conversión de miles de hectáreas de praderas públicas y privadas, sobre todo en el norte del país, en auténticos zarzales, abandonados a su libre albedrío según se desertizan miles de pequeños pueblos y se abandona la agricultura y ganadería de consumo que
Este espléndido Lilium martagon crece a menudo en los prados de montaña de Asturias
hasta ahora ha mantenido esos pastizales y prados en el mejor estado posible tras siglos de siega, abono orgánico y control de zarzas y malas hierbas.  Esos prados con decenas de especies de plantas silvestres (unas 50 por metro cuadrado) que florecen de forma consecutiva durante meses, no han nacido de forma natural ni han estado ahí desde siempre. Son fruto del trabajo de los agricultores y ganaderos de este país y de un modo de cultivo y aprovechamiento del campo de forma natural. Durante decenas de generaciones el hombre y las abejas (además de muchos otros insectos, aves y mamíferos) han convivido y se han beneficiado mutuamente de esta convivencia. Esa forma de vida está despareciendo tan deprisa que da vértigo pensarlo. A veces cuando salgo con mi cámara de fotos por esos pastizales y prados cercanos a la Barrosa tengo la impresión de que tan solo hago “fotos para el recuerdo” y que en unos pocos años todo este paisaje probablemente desparezca. No estoy hablando de forma apocalíptica sino comentando algo real, fruto de la experiencia. Tan pronto uno de estos prados se abandona (no se siega, ni se abona, ni se controlan las malas hierbas o arbustos durante varios años), la variedad de flores silvestres y especies de plantas desciende de forma alarmante. Diez años después de abandonarlo, han desaparecido casi por completo invadidas por zarzas y arbustos. La pradera se sustituye por un sotobosque, en muchos casos de especies invasoras. Las abejas y otros insectos tienen muy poco que hacer en ese nuevo paisaje. Tal vez algunos dirían que es la naturaleza la que reclama de nuevo su espacio ocupado durante siglos por la labor destructiva del hombre y su agricultura. Muchos ecologistas en realidad lo ven así, pero a mí me produce una enorme tristeza ver esa autodestrucción del paisaje, y de la cultura humana que tardó decenas de siglos en construirlo. No lo sé. Tal vez Monty Don no sea más que un romántico luchando por una batalla perdida. ¡A quién le importa la desaparición de esos prados llenos de flores más que a unos pocos aficionados a la jardinería! Aquí quedan unas fotos para el recuerdo y a buen seguro que seguiré insistiendo sobre el tema y poniendo fotos de vez en cuando.



Amanecer en la montaña cercana a la Barrosa.

Jasione montana creciendo en un prado.

Las flores de Digitalis purpurea suelen crecer en zonas de sombra

Un antiguo establo ya invadido por las zarzas.


Las flores de los prados van sucediéndose cada diez o quince días mostrando una prevalencia de una docena de especies en cada momento.

Echium vulgare y Trifolium.

Campánula, Rhinantus, Lotus corniculatus. Centaurea son algunas de las más comunes en la primera quincena de Julio.


La abundancia de Rhinantus minor es una de las mejores muestras del buen estado de una pradera silvestre.

Cuando imperan las gramíneas disminuyen las flores. esto se debe principalmente a un abonado intensivo del terreno. Tal pronto deja de abonarse con intensidad la variedad de plantas de flor se incrementa.






Las plantas umbelíferas son muy abundantes en las praderas en Julio.


Antirrhinum majus.




Centaurea nigra (rosa) y Daucus carota (blanco) llenan este prado listo para la siega.


Angelica sylvestris en un prado.

El brezo (Erica) crece en los terrenos más pobres y secos de montaña.



Un excelente tejo (Taxus baccata) creciendo en un roquedal en el Puerto de Vegarada.





Las praderas sobre roquedales calizos muestran una enorme variedad de flores silvestres.




Iris, Centaureas, Rhinantus, etc, creciendo sobre un roquedal.



Una Angélica sobresaliendo sobre un mar de Rhinanthus y Trifolium.


La ganadería no intensiva tiene una enorme importancia en el mantenimiento y abonado de las praderas naturales de flores silvestres.



Las vacas y otros mamíferos  mantiene bajo control la proliferación de arbustos de Ilex aquifolium (acebos) y Citisus (retamas) al comer las ramas jóvenes. 




A las Angelicas les encantan los prados de montaña.


Una mata de clavelina (dianthus hipossifolius) difunde un aroma tan sutil que no hay nada comparable en el mundo.


Centratus ruber.



Tomillo rastrero (Thymus praecox) creciendo sobre la roca caliza.



Las flores de esta Saxifraga pintan de blanco los roquedales de montaña en Julio.


Los perros mastines cuidan el ganado en los pastizales comunes de los puertos de Asturias.