lunes, 22 de febrero de 2021

Subida al Gunung Rinjani. Lombok. Indonesia 2001.


Interior del Gunung Rinjani. La caldera parece un mundo dentro de otro. Isla de Lombok. Indonesia


Indonesia es uno de los pocos países que quedan donde viajar aún tiene esa connotación de aventura que prácticamente ha desaparecido en gran parte del planeta. Es un país enorme con decenas de islas, algunas casi totalmente desconocidas por el turismo, y una mezcla de razas y culturas que conviven en una fricción constante. Las numerosas islas de Indonesia esconden aún algunos de los paisajes más espectaculares del planeta y si bien es cierto que todo el mundo ha oído hablar de Bali, la mayoría desconoce el resto de las islas de este enorme país. Yo mismo ni siquiera había oído que, hacía un año, en la isla de Lombok donde acababa de llegar, había habido enfrentamientos entre cristianos y musulmanes y se había tenido que evacuar a todos los extranjeros de la isla. Hubo varios muertos, aunque no de turistas. Se incendiaron una docena de iglesias y el ejército había decretado el estado de sitio y pacificado la isla, al menos de momento. Eso había pasado el año anterior, pero éste todo parecía en calma. Un puñado de extranjeros habían retornado y los turistas comenzaban a llegar con cuentagotas.

 


Bima va  hacer de guía, cocinero y guardia de seguridad.

En Mattaram, la capital todo parecía normal. Pasé unos días en la playa Sengiggi en un precioso bungaló a precio de ganga y luego me dirigí hacia las faldas del enorme volcán Rinjani que domina todo el paisaje de la isla con la intención de subir a la cima. El volcán Rinjani, el segundo más alto de Indonesia, (3.740 m. de altura) es un volcán todavía activo y semidormido. En 1258, la gigantesca erupción de este volcán que esparció cenizas por medio planeta, fue en gran parte el causante de la llamada “Pequeña Edad del Hielo” del siglo XIV en casi todo el hemisferio norte. Este mes parece tranquilo, pero a cada poco se cierra por pequeñas erupciones.

Encuentro un pequeño hotel a medio camino y contrato un diminuto guía en el pueblo que va a hacer de guía, cocinero y guardia de seguridad (para ello lleva una escopeta de la última guerra colonial, un gran machete, y cobra el doble que un guía normal). Él se encarga de comprar todos los pertrechos para tres días y, al día siguiente, salimos al amanecer. El plan es llegar hasta el borde del volcán y hacer noche en una tienda de campaña, al día siguiente bajar hasta el lago en el interior del cráter y al tercer día iniciar el descenso al pueblo.

 


Hotel de Sengiggii a precio de saldo.

Cruzamos campos de arroz, luego una selva húmeda y extenuante y después bosques de rododendros cubiertos de líquenes. A partir de los 3000 metros desaparece la vegetación y en el mar de nubes despuntan las cabezas de otros volcanes en la cercana isla de Bali. Llegamos extenuados a la cima donde colocamos nuestra tienda y cenamos viendo la puesta de sol más hermosa que haya visto nunca. Al día siguiente descendemos por un estrecho sendero hasta el lago del interior del volcán. La enorme caldera, de 6 por 8 kilómetros, parece un mundo dentro de otro mundo. Otro pequeño volcán en medio del gran lago de aguas azules, bosques de pinos y hasta fuentes de aguas termales donde me baño mientras Bima cocina en un fueguecito de ramas. Parece nervioso y dice que hay que tener cuidado y no se fía de algunos hombres solos que hay pescando en el lago. Dice que ya ha habido varios asaltos a turistas este año. Por si acaso tiene la escopeta a la vista. Todo transcurre sin novedad y a la tarde iniciamos el camino de regreso a la cima donde pasaremos la noche en el mismo lugar, esta vez acompañados de otros turistas que acaban de llegar. Tengo que reconocer que se apaña para hacer una comida deliciosa con muy pocas cosas. Al día siguiente regresamos al hotel sin ningún contratiempo. Estoy tan extenuado que no puedo mover los pies, pero el paisaje ha merecido la pena. Ninguna de estas diapositivas es capaz de transmitir la enorme belleza de aquél espectacular paisaje. Espero que os gusten.

(Pocos años después Lombok sufrió un gran terremoto que la dejó de nuevo sin turistas y con las infraestructuras destrozadas. Murieron varios cientos de personas y hubo miles de heridos. Hay lugares a los que parece perseguir la desgracia hagan lo que hagan).



El volcan Rinjani de 3726 metros se ve desde cualquier parte de la isla.



Familias cultivando campos de arroz en la subida al volcán.




Al fondo el volcán envuelto en nubes. La caldera interior se formó por un hundimiento de casi la mitad de la estructura del volcán.


Bosques de rododendros. Al fondo sobre las nubes el Gunung Anung de Bali.


Bima transporta nuestro pertrechos en dos cajas de cartón colgadas de un balancín.



A la tarde la vegetación queda atrás. Al fondo el mar.




Nuestro campamento la primera noche.



Puesta de sol sobre el borde del volcan.





Mar de nubes y volcanes de Bali.


Vista del lago según descendemos.






El lago tiene más de 200 metros de profundidad y han debido introducir peces porque hay varias personas pescando.



De las paredes del cráter salen varias corrientes de aguas termales.
 




Bima cocinando mientras yo me baño en una cascada de agua caliente.


Yo en la cascada termal.




Bima en chanclas y con su balancín va ligero como una pluma mientras yo sudo a mares por la altura y el esfuerzo.





De nuevo en la cima contemplando el atardecer.

Al fondo se pueden ver las pequeñas islas Gili.


Esta noche tenemos compañía en el campamento.







Una última foto de Bima ahora más ligero en el camino de vuelta.


martes, 16 de febrero de 2021

Flores de Febrero en la Corraina el Quentu y una reflexión sobre la España vacia.


 


Vista de las montañas nevadas desde uno de los prados de "La Corraina el Quentu".

Los que seguís este blog ya visteis alguna entrada sobre la “Corraina el Quentu”, la casería de montaña de mi familia. En Asturias, una “casería de montaña” suele comprender uno o varios prados, establos para el ganado y, a menudo, una cabaña donde alojarse en verano unos días, durante la siega de la hierba. Suelen estar en las laderas y valles cercanos a los pueblos y, en el pasado, eran fundamentales para la supervivencia de la familia. A menudo incluía también unas tierras de cultivo y algunos frutales (manzanos, cerezos, nogales, castaños y avellanos), pero su función principal era obtener hierba seca para el mantenimiento del ganado en invierno, y pasto en primavera y otoño. Cada pueblo suele tener buen número de estas caserías y muchas llevan cultivándose desde hace cientos de años, generación tras generación. Forman parte indispensable del paisaje, de la cultura y de la forma de vida asturiana y, sin embargo, miles de ellas están a punto de desaparecer para siempre.  Mientras conducía hacia la Corraina venía pensando en la entrada del blog de Mario que acaba de tocar este tema junto con la llegada de urbanitas a los pueblos. Coincido con él en que esos nuevos habitantes que llegan a los pueblos no van a ser la solución para parar el abandono y el gran problema de la España vacía.


Matas de violetas entre la hierba.


Volviendo al tema de la “casería”. En la zona donde vivo algunas de ellas se han vendido a gente joven que viene de las ciudades y quieren utilizarlas como residencia de fin de semana, pero lo cierto es que, a pesar de su buena voluntad y su esfuerzo, muchas de ellas terminan abandonadas al poco tiempo, ya que ni saben mantenerlas ni están dispuestos a realizar el trabajo que conlleva ese mantenimiento. Puede que consigan conservar las cabañas a duras penas, pero los prados, sin animales que los pasten y sin siega, se convierten en matorrales a los pocos años.  Lo digo por experiencia. Llevamos más de 30 años intentando mantener esta casería y sus dos hectáreas de prados, y llega un momento en que ya te resulta imposible. Es una batalla perdida y los años te pueden. Cada año hay que reparar los cierres de madera y piedra y aunque un ganadero local pasta la hierba con sus vacas y caballos, hay zonas que hay que desbrozar porque las invaden las zarzas y los arbustos. En unos pocos años la Corraina será otra más, abandonada a su suerte. Mientras, disfruto contemplando el paisaje de las montañas nevadas bajo el débil sol de Febrero y de las pocas flores que comienzan a crecer entre la hierba. ¡El tiempo se nos va de la mano tan deprisa ¡.

 


Si os fijáis, en la parte izquierda de la foto, en la ladera de la montaña, se ven las demarcaciones de antiguos prados y caserías. El bosque y el matorral se los va comiendo poco a poco.

En Febrero los campos se llenan de violetas que llenan el aire de una fragancia ligera y antigua, como pasada de moda. Antes solíamos comer caramelos de violeta, pero ahora dudo que existan en algún lado. Crecen en grupos espesos de cientos de ellas. También hay primaveras, sobre todo en la parte más sombreada, debajo de los árboles o en los bordes de los caminos. A mí me gusta comerlas. Lo hacíamos de niños, aunque no saben a nada. En esta época también crecen las cabezas florales de los Heléboros, a menudo entre las primaveras. Huelen fatal y son venenosos. Al menos eso nos decían siempre de niños. Comienzan ya a florecer los ranúnculos y pronto llenaran los prados de alfombras de flores amarillas. También los Dientes de león. Son el anuncio de que la primavera está cerca, a unos pasos. Espero con impaciencia su llegada mientras el virus nos mantiene aislados como anacoretas, a punto de convertirnos en estatuas de sal.

 


Establo y cabañas de la Corraina.




Este enorme cerezo en medio del prado nos deleitaba con cerezas negras en el verano.


Viejo Fresno cubierto de líquenes. Al fondo los pueblos de Collanzo y Santibañez.



Vista desde la Corraina el Quentu del Pico Torres en los montes de San Isidro.


Las casarías suelen estar rodeadas de Fresnos. Este árbol era muy útil ya que es extremadamente longevo, se puede podar todos los años y las hojas se las come el ganado.



Desde la puerta de la cabaña se ven las montañas del Puerto de Vegarada.


Desde este prado de la casería hay una vista inmejorable del valle de Felechosa.


Estas tuyas recortadas las planté yo hace ya bastantes años.

La fuente es el alma de una casería como esta de la Corraina.


Desde el prado se ve el pueblo de Cuérigo allí abajo al lado del río Aller.





Conservar los tejados de las caserías es una labor fundamental para su conservación.


Los ranúnculos comienzan a florecer.



Pequeña mata de margaritas (Bellis perennis).


Flor de Diente de león (Tarazacum officinale).


No he logrado identificar esta pequeña flor que crece por todas partes en la Corraina en estos momentos.


Violetas, margaritas y ranúnculos compitiendo entre la hierba.


Prímulas.





Helleborus foetidus


Un prado bien conservado con su enorme muralla de piedra seca. está cerca de la Barrosa y quedan muy pocas personas que sepan hacer ese trabajo.