jueves, 20 de diciembre de 2018

La ciudad de Ámsterdam que a mí me gusta.







Contemplando uno de los grandes cuadros de Van der Heilst en el Rijskmuseum.
Todas las grandes capitales europeas son diferentes y todas tienen algo especial que las hace enormemente atractivas pero si yo tuviera que elegir una en la cual me encuentro a gusto de inmediato, esa es Ámsterdam, y no sabría decir muy bien porqué. Tal vez porque es más pequeña y manejable que las demás y nunca tienes la sensación de estar en una gran urbe con todas las connotaciones negativas que eso conlleva. Quizás  porque Rembrandt y Van Gogh han sido siempre mis dos pintores preferidos, desde que era un muchacho, y aquí se encuentran los dos museos más importantes para contemplarlos. También por sus mercados de plantas y flores en cada esquina. A los holandeses les encantan las plantas y la naturaleza, tal vez porque es escasa y el país es demasiado pequeño. Pero quizás lo más importante es que cuando yo era estudiante –aún en el franquismo-  imaginábamos esta ciudad como el lugar donde la libertad alcanzaba su máxima expresión y todo era posible. Añorábamos poner  nuestros pies algún día en sus calles repletas de bares y de placeres desconocidos. Esa es la realidad.
 
Estación central de Ámsterdam

Mercado de las flores




 

 
La ciudad ha cambiado algo desde la primera vez que la visité, hace ya mucho tiempo, a finales de los setenta, pero no tanto como para que resulte irreconocible. Hay más gente por todas partes, ese es un hecho, pero su preciosa arquitectura y sus canales están más limpios y se disfrutan más, al igual que sus museos. Sigue teniendo una abundante vida nocturna y sus bares y cafés están repletos de gente joven y no tan joven. Hay lugares para todos. Su barrio rojo es ya más un icono turístico que otra cosa, lo mismo que su conocida liberalidad con las drogas. Es una ciudad para caminar despacio contemplando su preciosa arquitectura, sus puentes y sus canales y la vida diaria de la gente que se desplaza a todas partes en bicicleta. Las tiendas de curiosidades y objetos de diseño son dignas de ver. Las que venden plantas, bulbos y cosas para el jardín son un placer para cualquier aficionado a la jardinería. En verano no es el mejor momento para visitar sus famosos jardines de bulbos, como el conocido Keukenhof, y lo cierto es que yo no visité ninguno, pero por todas partes hay pequeños jardines llenos de encanto. Desde Ámsterdam es fácil hacer visitas diarias a otras ciudades cercanas como Rotterdam o la Haya o visitar algunos otros lugares de interés, incluso los pequeños pueblos de los alrededores.
 
Uno de los canales de la ciudad.
Ámsterdam no es una ciudad con grandes pretensiones como París o Londres. No ha sido la cabeza de ningún gran imperio y ni siquiera es la capital del país. Siempre ha sido una ciudad de comerciantes. Tal vez por eso es más asequible, más adaptable a cualquier viajero que viaje simplemente por el gusto de viajar, por ver cosas nuevas o no tan nuevas, por sentirse a gusto con cosas sencillas. Los holandeses son, en general, respetuosos con el visitante aunque no excesivamente amables. Están demasiado ocupados con sus vidas y trabajos como para preocuparse de los demás. Simplemente viven y dejan vivir a los demás, que ya es bastante. Si no habéis estado en Ámsterdam os animo a visitar esta ciudad, especialmente en primavera, para los aficionados a la jardinería. Aquí os dejo una selección de fotos de lo que vi y me gustó en una corta visita a esta ciudad. Creo que en este caso una imagen vale más que mil palabras.
 
Entrada al Rijksmuseum (Museo nacional), uno de los grandes museos de Europa.

Esculturas a la entrada del museo.

"La Ronda de noche" de Rembrandt, uno de sus cuadros más famosos.



"La Novia Judia", uno de los cuadros tardios de Rembrandt, donde se puede apreciar la maestría técnica del pintor con sus enormes emplastes de pintura para crear volumen. La manga del hombre casi parece salir del cuadro.

Contemplando uno de los famosos cuadro de Vermeer "La Lechera"

Dos preciosos cuadros de Van Gogh donde se aprecian sus espesas pinceladas. (Museo de Van Gogh) 

 
Interior del Rijksmuseum.


Un edificio típico de la ciudad.

Un puesto de bulbos en la calle.
Otro puesto de flores.



Las Tiendas con productos hechos con "Cannabis" son típicas en la ciudad.

Molinos de viento en un pueblecito cerca de Ámsterdam.

Casas típicas.

 

Una fábrica de zuecos.

Uso de zuecos como macetas.


Me gustó el diseño de este pequeño jardincillo con topiaria (Hayas rojas y Boje).
No recuerdo el nombre de estos jardines.

Las grandes hojas de la Gunnera manicata se ven en muchas partes de Holanda, cerca de los canales.

Maduroram, una Holanda en miniatura.

Lo cierto es que los árboles y el paisaje son de verdad, miles de árboles en forma de bonsáis de todas las especies posibles.

Arces, hayas, robles, todo tipo de frutales y otros árboles en miniatura, una especie de Lilliput. Ciertamente se necesita mucha paciencia e ingenio para hacer algo así.

Esto ya es de tamaño real. Barcazas-vivienda repletas de flores en los canales.

Las bicicletas son el principal medio de transporte en la ciudad para la gente local.
Las históricas casas que bordean los canales son en su mayoría del siglo XVI y XVII. Algunas son museos y se pueden visitar.

Otra barco-vivienda en uno de los canales.




Mercado de quesos de Alkmaar. Un buen entretenimiento para una mañana.

Las calles de Alkmaar están muy animadas los días de mercado.

 
 


Una visita a la histórica fabrica de cerveza de Heineken. Es instructiva y se pueden probar unas cuentas cervezas. Saben mucho mejor que las del supermercado o los bares.

 

Una típica tienda de muebles de diseño. Son como auténticos museos.



El Rijkmuseum desde uno de los puentes.

Esculturas de Henry Moore en los jardines del Rijksmuseum. "Reclining figure"

"Two piece reclining figures" H. Moore


"Reclining woman". H. Moore


Macizo con herbáceas frente del Ayuntamiento de la Haya.

Al anochecer, Ámsterdam tiene una luz muy especial para la fotografía.

Gente callejeando al anochecer en Ámsterdam.

Uno de mis bares preferidos "The Grasshopper", en verde.

"Moulin Rouge"

Escena nocturna cerca de la Estación Central.
 

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Acebos en Navidad


Acebos (Ilex Aquifolium) en el camino de la Barrosa.



En el camino que lleva a la Barrosa hace tiempo que crece una mata de acebos que cada año incrementa su tamaño y lucen llenos a rebosar de bayas rojas. Antes, por Navidad, no hubieran durado mucho tiempo ya que los muchachos del pueblo solíamos competir por encontrar el acebo más grande y más hermoso para  llevarlo a nuestras casas y colocarlo a la entrada, decorado con unas tiras de espumillón y quizás alguna bola dorada o roja. Es bueno que los tiempos hayan cambiado y, hoy en día, pocos en Asturias cortarían un acebo para llevarlo a sus casas sabiendo que es un árbol protegido  y que donde mejor está es en el monte para disfrute de todos.

 

El acebo ha sido un árbol venerado en casi todas las culturas desde tiempo inmemorial, tal vez por la forma de sus hojas perennes y brillantes o de sus bayas rojas. Para los nórdicos era el árbol sagrado donde murió el hijo de Odín, alcanzado por una flecha, y sus bayas rojas simbolizan la sangre derramada. Para los romanos, las espinas de sus ramas protegían de los malos espíritus y ya Plinio el Viejo recomendaba plantar uno de estos árboles a la entrada de la casa. En la religión Cristiana el acebo se popularizó como árbol de la Navidad allá por el siglo XVIII en Irlanda e Inglaterra, ya que sus hojas puntiagudas recuerdan a la corona de espinas que llevó Jesús en la cruz y, sus bayas, a su sangre derramada. Por suerte hoy en día los acebos pueden comprarse en macetas o de algún material artificial para seguir decorando nuestras casas.

 

En Asturias los acebos crecen con profusión en casi todas partes pero sobre todo en los puertos de montaña donde sirven de refugio y comida no solo a los animales salvajes sino también a vacas y caballos que ramonean sus hojas tiernas en verano y se refugian a su sombra para dormitar y huir de los insectos. En jardinería ha tardado en popularizarse en nuestro país. Es un árbol extremadamente útil ya que acepta muy bien la poda y el recorte y con el tiempo puede adquirir cualquier forma. Luce extremadamente bien en invierno cuando se cubre de bayas y las plantas vivaces ya se han muerto. Crece con bastante lentitud, aunque no tanta como la gente cree. A la sombra y con suficiente humedad, suele aumentar de tamaño relativamente rápido. El acebo es un árbol dioico. Hay árboles macho y hembra, con lo cual conviene plantar más de uno si queremos tener bayas. En Asturias ese no suele ser un problema ya que hay árboles salvajes en muchas partes  y el polen suele viajar por el viento o los insectos. En la Barrosa tengo unos cuantos, la mayoría recortados como bolas o pirámides. Crecen tan bien al sol como a la sombra y no les importa mucho el tipo de tierra. También tengo algunas variedades de acebos ornamentales de colores variegados. Otra cosa importante es que tan pronto tienes alguno, comienzan a salir arbolitos nuevos de las bayas caídas en el suelo. Yo suelo plantarlos en macetas y con mucha paciencia esperar a que sigan creciendo. Son muy útiles para regalar o como bonsáis.

 
 
Ya solo me queda desearos lo mejor para esta Navidad y el próximo año que viene a todos los que os acercáis de vez en cuando a este blog. Espero seguir contándoos algunas cosas  de los lugares que visito, de mis viajes pasados o presentes y sí, también del jardín de la Barrosa donde siempre habrá alguna novedad. Quiero terminar con esta cita de Monet. Espero algún día poder visitar ese jardín también. Sin duda mi deseo de Navidad.
 
Mi jardín es mi más bella obra de arte. Todo lo que he ganado ha ido a parar a estos jardines. Todo el mundo discute mi arte y pretende comprender, como si fuera necesario, cuando simplemente es amor.   (Claude Monet)