domingo, 10 de diciembre de 2017

Ladakh, India 1994: el pequeño Tibet.

Subida al monasterio de Thikse.

Hace ya bastante tiempo de aquél viaje, y sin embargo guardo de aquél lugar un recuerdo intenso y prístino. Un lugar de una belleza asombrosa y fría. Totalmente ajeno al espacio y al tiempo de nuestro mundo occidental y de nuestra forma de vida. Ladakh, en 1994, era como un viaje al pasado, al mundo en blanco y negro de los libros de aventuras y viajes de la biblioteca del colegio. Y era real: los monasterios de las colinas, las montañas nevadas, los bailes de máscaras, las estancias oscuras y los pasadizos de los templos donde al fondo brillaba el oro de las imágenes envueltas en el ambiente irrespirable de las llamas de los pebeteros…

Todo el mundo dice que la India no es un país para corazones frágiles, al menos entonces. La
Carretera Srinagar-Leh. Horas parados por un derrabe.
miseria, el calor, el hedor del ambiente o la enorme presión de las multitudes acaban con tu paciencia y tu ánimo. En aquél largo viaje de 1992 hubo casi de todo. Regresé con 10 kilos de menos y prometí no volver a la India nunca más (si he vuelto, hace dos años, pero eso es otra historia). Y sin embargo Laddakh permanece en la memoria como uno de los pocos lugares amables y luminosos de aquel duro viaje de iniciación.
Llegué a Ladakh por casualidad. Un par de semanas antes había dado con mis huesos en Srinagar, la capital de Cachemira, a la que había llegado sin enterarme que había una guerra real y toque de queda durante la noche. Con la ayuda de un guía de viajes coreano, Rambo Cho, conseguimos salir de  Srinagar en un  destartalado autobús rumbo a Leh, la capital de Ladakh, a donde llegamos dos días después, tras un viaje épico a través de las montañas. Leh era como una ciudad de cuento, de casas de barro y huertos verdes, con las montañas 
Máscara en uno de los templos de Ladakh.
cubiertas de nieve al fondo. En la colina, el gigantesco palacio del antiguo rey de Ladakh, se caía a pedazos. Un río de agua helada atravesaba el valle y, en las cimas de las montañas, se asentaban los monasterios y templos de los monjes que veíamos en el mercado. La gente era amable y sonreían tibiamente con sus caras coloradas por el frío. Apenas había un turismo incipiente, ya que aún no se había construido el aeropuerto, y llegar allí era una auténtica aventura. Rambo consiguió un par de habitaciones en una casa privada de una familia noble y durante quince días caminamos por las montañas, asistimos a las ceremonias de los templos y vivimos la vida sencilla de un pueblo que aún vivía al margen de la historia y de la vorágine del resto de la India.
Viaje de Cachemira a Ladakh a través de las montañas. Una auténtica aventura solo para iniciados.

Nuestro autobús en la frontera con Ladakh.
Ladakh fue un reino independiente durante una docena de siglos. De influencia y cultura tibetana, prosperó gracias al comercio con el Tibet y con China además de formar parte de la ruta de la seda. Por aquí pasó Marco Polo hacía 500 años. Ladakh resistió los ataques de la invasión musulmana del sur de la India y los intentos de islamización del país durante años. En el siglo XVII fue invadido por el Tíbet y poco después liberado con la ayuda del sultán de Cachemira quién obligo a la familia real a convertirse al islam, aunque eso no impidió que la cultura siguiera siendo predominantemente budista. Desde esa fecha sobrevivió a la sombra de Cachemira, hasta la colonización inglesa. Tras la partición de la India dudó entre incorporarse a la India o a Paquistán y hoy forma parte de los territorios reclamados por esta nación. Desde mi viaje y, por lo que he leído, Ladakh ha cambiado mucho. Se ha construido un aeropuerto y es parte habitual de los circuitos turísticos a la India. Hay hoteles de cinco estrellas. Se han restaurado palacios y monasterios y el “trekking” en las montañas es la última moda. Es el cambio inevitable que trae la globalización y el turismo. Me pregunto cuál habrá sido el destino de aquella familia que nos alimentó y nos mimó durante quince días. Aquí quedan unas pocas fotos para el recuerdo.

Valle de Leh, con las montañas nevadas el fondo.

Puerta de entrada al recinto del palacio de Leh.


Colina del palacio y la ciudad de Leh.



 
Foto actual del palacio reconstruido del rey de Laddakh tomada de Internet.
En esta bonita casa tibetana nos alojamos quince días.

La dueña de la casa en su cocina.
 
Mi amigo Rambo Cho, vestido de monje, y yo en la azotea de la casa.
 

A la gente le encanta que les hagan fotos, cosa que no ocurre en otras partes de India. Niños junto al lago.
 
Grupo familiar vestidos para una boda.


Dos mujeres jóvenes camino de una boda.
 
El gran monasterio de Thikse construido hace más de 600 años. La estructura recuerda los monasterios tibetanos.
 


Este monasterio alberga uno 60 monjes y una docena de templos.
Famosa estatua de buda del monasterio de Thikse.


 


Foto reciente de este monasterio de Thikse algo más restaurado.

 

Una par de días alquilamos un land rover con chofer y un guía. El paisaje es extremadamente árido, excepto en las zonas donde lo riega el río.



Casi todo Ladakh está a una altura entre 3.500 y 6.000 metros de las montañas más altas.


En el monasterio de Hemis.


Monasterio de Hemis, uno de los más ricos donde fuimos a ver su famoso festival de verano.





Festival del monasterio de Hemis.


 
Baile de los demonios.




Lamas del monasterio en traje de ceremonia.


Niño monje. Monasterio de Hemis.


Monasterio de Shey
 





En la terraza de uno de los monasterios como un turista cualquiera.


Pastor de cabras de Cachemira. Producen la lana más suave y valiosa del mundo.



Contraste entre la sequedad de las montañas y el fértil valle regado por multitud de canales.



Viaje de regreso en dirección sur, hacia Manali. En pleno agosto la nieve aún en las laderas.

 

Campamento improvisado en medio de la nada, donde se duerme para continuar el viaje al día siguiente.

4 comentarios:

  1. Cuanto exotismo desprenden tus fotografías. Si a mi me han dejado impresionadas, no puedo imaginar lo que ha de ser vivir una experiencia así personalmente. Gracias por compartirlas, son maravillosas.

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  2. Antes de que hubiera teléfonos móviles e Internet algunas partes del mundo si podían ser exóticas. Ahora ya nada es igual pero aún sigo viajando. Gracias por tus comentarios y saludos.

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  3. Madre mia eso es ser aventurero y no los de los blogs de viajes de hoy en dia... Desde luego la visión que tubiste de ese y otros lugares que nos muestras habra cambiado y mucho... De tu relato creo que podemos hacernos una idea del antes de la globalización/turistificación en esos lugares...

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  4. La experiencia de viajar hoy en día se parece muy poco a la de entonces. En realidad era más dura, pero se compartían muchas cosas y siempre había alguien que te echaba una mano. A la larga Internet y nuestros móviles nos han aislado más. Viajar es más fácil pero ya no se disfruta tanto. De todos modos aún sigo viajando y disfrutando de muchas experiencias nuevas.
    Saludos

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