viernes, 3 de diciembre de 2021

Viajes en el pasado: Potosí y su famoso Cerro Rico. Bolivia 1992.

 


Interior de una mina en Cerro Rico. Un muchacho hace una ofrenda a "El Tío", el dios inca del inframundo al que los mineros bolivianos han venerado siempre.

Pocos lugares hay más significativos para mostrar la opulencia y la decadencia del Imperio español que la ciudad de Potosí en Bolivia y su famoso Cerro de la Plata. Cuando yo la visité a principios de los 90, la ciudad más poblada y lujosa de aquel imperio donde “nunca se ponía el sol”, en tiempos del rey Carlos I de España y V de Alemania, como nos enseñaron, era poco más que un cascarón olvidado de antiguas glorias. Edificios coloniales momificados a la espera de una mano de pintura y un pueblo empobrecido que aún hurgaba en las entrañas del horadado Cerro Rico, o en sus escombreras, en busca de unos míseros restos de plata o estaño con el que sobrevivir. Han pasado 30 años desde aquella visita y, por lo que he leído, la ciudad se ha recuperado un poco de la eterna decadencia en la que la sumió el agotamiento de sus vetas de plata o el derrumbe del precio del estaño tras la segunda Guerra Mundial, en parte gracias al turismo y a  la explotación de minerales nuevos como el litio, recuperados de las antiguas escombreras de época colonial.

 

El "Cerro Rico" desde el campanario
de una de las iglesias de Potosí

Aquél dicho antiguo, ya utilizado por Cervantes de “vale un potosí” para nombrar algo de un valor incalculable es absolutamente cierto en todo lo que se refiere a esta ciudad y a su famoso “Cerro Rico”. Los datos históricos son apabullantes y pocas ciudades coloniales han creado una cantidad tan enorme de documentos históricos y datos. Todo se ha contado y fiscalizado. Desde su asombroso crecimiento poblacional, en apenas unas decenas de años “En 1547 a los 18 meses de la fundación ya contaba con 2500 viviendas para 14 000 habitantes, alcanzando los 150 000 habitantes en 1611 y los 160 000 en 1650, siendo la sexta ciudad más grande del mundo, por encima de Londres, París o Sevilla”, hasta su lujosa y desenfrenada vida diaria, “En 1579 ya había en Potosí ochocientos tahúres profesionales y ciento veinte prostitutas célebres, a cuyos resplandecientes salones concurrían los mineros ricos. En 1608 se festejaba las fiestas del Santísimo Sacramento con seis días de comedias y seis noches de máscaras, ocho días de toros y tres de saraos, dos de torneos y otros de fiesta. De plata eran los altares de las 36 iglesias y las alas de los querubines en las procesiones. En las casas de los mineros más potentados circulaban todo tipo de perfumes, joyas, porcelanas y objetos suntuosos. Había salones de bailes, teatros y tablados para las fiestas que lucían riquísimos tapices, cortinajes, blasones y obras de orfebrería. De los balcones de las casas colgaban damascos coloridos y lamas de oro y plata”.

 


En su Casa de la Moneda, -construida en 1572, y ampliada posteriormente en 1759 con el resultado de ser el mayor edificio construido en esa época en América, con casi 18 mil metros cuadrados de superficie-, una gigantesca maquinaria de ruedas movidas por animales y personas acuñaba sin cesar las montañas de monedas que, trasportadas por caravanas de galeones, llegaban a Sevilla y hacían subir la bolsa de Amberes, (ampliada en 1531), donde al final terminaría gran parte de ese dinero. Esa hiperinflación de dinero acuñado cambiará la historia de los países del centro de Europa y empobrecerá al nuestro en los siglos que siguieron. Otro dato significativo del Museo de esta Casa de la Moneda dice:  “El Tesoro de Potosí pasó un balance al Rey de España por el que resultaba que el producto de las minas de plata desde 1545 hasta 1573 había sido de 820 millones 513 mil y 893 duros, cantidad mayor a la que se calculaba que era el caudal metálico circulante en todos los Estados europeos”. Gran parte del éxito de la ciudad se debió a la explotación infrahumana de miles de indígenas sometidos a la mita, un régimen de semi-esclavitad que los explotaba hasta la extenuación, aunque también hubo numerosos jornaleros que trabajaban por un salario mísero. Cuando los indígenas escasearon se trajeron varios miles de esclavos de África, a pesar de que las leyes lo prohibían.

 

Maquina de extracción del mineral de plata.

Potosí siguió yendo a menos en los siglos posteriores, según se agotaban las interminables venas de plata. A principios del XIX, ya después de la independencia, la ciudad revivió de nuevo durante un tiempo, gracias a la extracción de estaño que los españoles habían despreciado. La caída de este mineral tras la segunda guerra mundial, dio el golpe de gracia definitivo a una de las más tempranas urbes de américa, a la que los españoles debemos mucho.


En el 92, cuando yo la visité, el turismo comenzaba a despegar muy lentamente. Bolivia nunca ha sido un gran destino turístico a pesar de que conserva una de las culturas indígenas más vivas de américa latina. La falta de salida al mar, que Bolivia perdió en la Guerra del Chaco en 1884, la ha condenado a ser un estado interior, atado de pies y manos. Un país con un bajo crecimiento económico y un alto índice de pobreza a pesar de sus numerosos y abundantes recursos minerales y gasísticos. Las cosas han empezado a ir un poco mejor en los últimos quince años, y esperemos que sigan mejorando en los próximos, ya que su sufrido pueblo sin duda lo merece. Aquí os dejo unas fotos de aquella visita, ya lejana en el tiempo. Como veréis por las fotos, en las míseras minas aún trabajaban numerosos niños. Hoy las cosas ya no son así y el trabajo infantil está prohibido y es probable que el nivel de vida haya mejorado bastante al que yo vi entonces.



La ciudad de Potosí fue creada según el modelo español para todas las ciudades coloniales con estructura en forma de parrilla.

 


Una de las numerosas iglesias de la ciudad.



El estilo barroco es el más abundante en la decoración de los edificios y está muy influenciado por corrientes indígenas. La mayor parte de los canteros eran nativos de la zona además de ser excelentes constructores.



Preciosa decoración en la portada de una de las iglesias donde se nota la influencia nativa.


Caminando por el tejado de una de las iglesias con una guía.


Yo en aquél viaje.



Una calle de la ciudad con el Cerro Rico al fondo.




Escenas de mercado. Mujer indígena con el niño a la espalda.


Los hombres con sus coloridos bártulos y telas.


Casi todo el mundo lleva el traje nativo con sus típicos gorros.


Mercado en torno a la plaza de la iglesia.


Una de las entradas a la Casa de la Moneda en la actualidad (foto tomada de Internet).


Este es uno de los patios más conocidos de la Casa de la Moneda. Hoy transformada en museo. El mascarón de la  entrada fue tallado por un francés en el siglo XVIII.  Dicen que representa el dios Baco.



Interior de la Casa de la Moneda.


Esta Casa  ocupa varios patios y numerosas edificaciones.



Maquinaria de madera utilizada en la acuñación  de monedas.


Monumento al minero.


Voy a visitar una mina y, el único requisito, es comprar varios cartuchos de pólvora y una bolsa de hojas de coca para regalar a los mineros.


Mercando una bolsa de hojas de coca que los mineros mastican sin cesar para aliviar los dolores y mejorar la respiración.


El valle minero de Cerro Rico.


A la entrada de la mina. Un simple agujero en la pared de roca. Los mineros mascan hojas de coca hasta formar bolas que colocan en uno de los lados de la boca durante bastante tiempo.


Niños mineros preparan los candiles de esquisto para entrar en el interior.




Yo con el hijo de uno de los mineros preparado para entrar en la mina.


El interior apenas ha cambiado nada desde hace siglos y las minas son extremadamente rudimentarias, así como las condiciones de trabajo. Muchas las explotan los mismos mineros en cooperativas.


Las condiciones de trabajo son terribles y resulta muy difícil respirar por el calor, la humedad además de la altura. La ciudad de Potosí ya está a 4.070 metros de altura. Las galerías son muy estrechas y bajamos a los niveles más bajos a través de endebles escaleras de madera. Una experiencia poco recomendada para los débiles de espíritu. 


Quizás fueron las ofrendas al Tío lo que nos permitió salir de allí, extenuados, eso si, pero sin grandes contratiempos.



jueves, 25 de noviembre de 2021

Finales de Noviembre en la Barrosa.


Los últimos colores del otoño: Salvias. Crisantemo y Arces.

Es probable que mientras escribo esta entrada en la ciudad, en la Barrosa ya no quede ni una sola de las hojas de otoño que veis en estas fotos. La lluvia torrencial, el viento y el frío han sido implacables estos días en Asturias, mientras en las montañas se agolpa la nieve y el invierno se nos ha caído encima casi sin avisar. Algo inusual. Estos últimos años las temperaturas han sido relativamente cálidas hasta la Navidad, pero no esta vez. Lo cierto es que necesitábamos el agua y la nieve, ya que el otoño ha sido predominantemente seco, así que no podemos quejarnos del tiempo.

 


La última Salvia roja.


Es asombroso la capacidad de aguante de estas Rudbeckia anual.

Arbustos en uno de los bordes de la finca.
A estas alturas del año yo ya estoy preparando los parterres para el invierno. Aunque mucha gente dice que no se deben podar las plantas vivaces hasta la primavera yo suelo hacerlo a finales del otoño por varias razones. Una, porque el viento y la nieve suele tumbar las vivaces de ramas altas y a veces arrancar las plantas de raíz. Dos, porque así aprovecho para cubrirlas de una capa de hojas o madera triturada de la poda, lo que hace que sobrevivan mejor al invierno y en la primavera broten con más fuerza. Esta época es un buen momento para cambiar plantas de sitio, incluido arbustos y rosales. También suelo podar los arbustos que florecen en verano y los rosales, justo antes del invierno. Un árbol que suelo podar también ahora es el magnolio, especialmente los de hoja caduca, ya que con el peso de la nieve se pueden romper muchas ramas. Además  suelo podar ligeramente también los de hoja caduca que tienen ramas frágiles y florecen en primavera. Una segunda poda después de la floración es lo adecuado.  Este año he vuelto a plantar unas cuantas decenas de bulbos, especialmente Allium y Tulipanes. El año pasado un tejón se comió la mayor parte de los bulbos que planté nuevos. Me dejó el jardín lleno de agujeros y trozos de bulbos triturados por todas partes, pero este otoño, de momento, me ha dejado en paz. Los tejones, al igual que los jabalíes, se están convirtiendo en un gran problema en casi todas partes. Son animales nocturnos y apenas tienen competidores. Les encanta hacer agujeros para buscar lombrices en el césped recién segado, mucho más atractivo que los prados con hierba alta. En una sola noche pueden hacer decenas de agujeros por todas partes y dejar el jardín como un colador. Tampoco desdeñan los productos de la huerta así que tuve que poner una fuerte y espesa valla de madera alrededor del huerto, pero no puedo hacer lo mismo con el resto del jardín. Además, pasan por debajo de cualquier valla que no sea muy rígida y cuando no, hacen túneles por debajo de la misma, si no hay un buen cimiento de hormigón. No puedo quejarme. Es la alegría de tener la naturaleza al lado de casa y convivir con ella.


Este "Acer Palmatum Umo yama" tiene la mejor coloración otoñal de todos los Arces japoneses que hay en la Barrosa

He terminado de quitar una centena de plantas de boje en forma de seto o bolas. Algunas de buen tamaño. No había más remedio. La batalla contra la polilla china invasora es inútil. Tan solo he dejado un par de setos junto a la casa, a la espera de ver lo que sucede el próximo año. Es curioso como el jardín no parece haberlo notado demasiado. Incluso es fácil no darse cuenta del cambio. Es lo que suele pasar con los jardines ya maduros que, si quitas una planta, rápidamente otra ocupa su lugar en apenas unos días. Es probable que el jardín haya perdido algo de estructura en invierno, pero el resto del año no se va a notar. Como la mayor parte de los sitios que dejaban vacíos los bojes eran zonas de sombras, he puesto algunas skimmias, acebos, pittosporum  y algunas plantas perennes. Pondré una entrada sobre este tema más adelante. Ha sido un trabajo duro, pero no quedaba más remedio que hacerlo ahora. Lo mismo está haciendo miles de jardineros en toda Europa. Yo estoy intentando sustituirlo por “Evonimus japonicum michrophyllum”, que tiene una hoja muy parecida, pero crece con mucha lentitud, y se tarda un montón de años en poder hacer una bola o un cono, pero me temo que no hay muchas alternativas, ya que lo mismo pasa con los tejos o los pittosporum de hoja pequeña, además de que son bastante caros.

Espero que os gusten estas últimas fotos de otoño en la Barrosa. Las próximas ya serán en pleno invierno.



Semillas de Thalictrum delavayi


Las flores de los Sedum suelen durar mucho tiempo también.


Eucomis y Bergenias.


Las hojas rojas de este pequeño arce contrastan con las amarillas de los avellanos.


Pequeños frutos de un manzano ornamental.






Semillas del Heptacodium miconoides, un arbusto chino.


Cornus controversa variegata y Acebo.





Bayas del Clerodendrum trichotomum.


Acer palmatum Seiryu al lado de otro arce ya adulto.


La parte baja del jardín con la pérgola de entrada.


Las hojas de los Arces son bonitas incluso después de haber caído al suelo.


Acer palmatum y Gingko bilowa.


El liquidambar es otro árbol con una magnífica coloración otoñal.





Estas dos rosas aún se resisten a morir a pesar de las heladas.


Parrotia persica, al fondo y Acer palmatum Ki hachijo, el último de la colección.


Los dos parterres plantados este año a cada lado de la pérgola se han desarrollado bien.



Acer palmatum Sango kaku, el mejor color dorado que conozco.



Hojas de arce caídas sobre un acebo.


Otro Arce Sango-kaku.


Este arce germinado de una semilla de Osakazuki tiene una excepcional y duradera coloración otoñal.








He cambiado de sitio esta esfera armillar y la he colocado en otro soporte en la parte baja del jardín.